El siglo XIX es un siglo de guerras, de revoluciones y de sublevaciones. Las guerras continentales de finales del siglo XVIII y la Guerra del Francés preceden la caída del Antiguo Régimen. El nuevo Estado español, el estado liberal, hereda la tradición centralista borbónica y se dispone a unificar política, económica y culturalmente todos los territorios. La burguesía industrial catalana, demasiado débil y desorganizada, no es capaz de dirigir las reformas liberales. El nuevo modelo de estado es contestado en Cataluña desde ópticas dispares: por un lado, el carlismo de concepción tradicionalista, y por el otro, el republicanismo de inspiración progresista y federal. Ambas corrientes tienen en común la reclamación de un espacio político propio para Cataluña. El nuevo estado se consolida con una articulación política deficiente de Cataluña, que no ve reconocida su especificidad.