Las primeras referencias al cristianismo peninsular son del siglo II. Las comunidades cristianes son perseguidas por Valeriano y Diocleciano. Las actas del martirio de san Fructuoso muestran la existencia de una jerarquía eclesiástica con obispos y diáconos en ciudades de Cataluña en el siglo III. El origen norteafricano de mártires como san Cucufate (Cugat) y san Félix (Feliu) demuestra el papel de la Iglesia africana en la extensión del cristianismo en Hispania. De entrada, es un fenómeno urbano. El campo es convertido lentamente, hasta el punto de que el término catalán pagès (campesino) procede de paganus, que es sinónimo de no cristiano.