La población catalana crece durante los años cincuenta en más de 650.000 habitantes. En los años sesenta el aumento es de 1.200.000 personas. Municipios como Ripollet y Cornellà de Llobregat duplican su población en sólo cinco años. Para las mujeres y hombres inmigrantes la vida no es fácil. La plena ocupación tiene como contrapartida salarios bajos y dificultades para la obtención de una vivienda digna. Los nuevos barrios obreros no disponen de los mínimos servicios y equipamientos. Pero la expansión económica y un esquema social abierto permiten prosperar. La oleada inmigratoria da paso al baby-boom.