Los cambios económicos y la crisis irreversible de la agricultura generan importantes corrientes migratorias en el Estado español. De las zonas económicamente deprimidas parten emigrantes con diferentes destinos: Alemania y otros estados europeos, el País Vasco, Madrid, el País Valenciano y, sobre todo, Cataluña. Al cabo de pocos años, miles de inmigrantes llegan con el objetivo de trabajar, vivir y prosperar en Cataluña: andaluces, castellanos, extremeños, murcianos, gallegos. La inmigración supone un doble reto: adaptarse a un nuevo país y cambiar el entorno rural por un medio urbano e industrial. La sociedad catalana debe acogerlos e integrarlos en condiciones difíciles: sin instituciones políticas propias y casi sin sociedad civil ni posibilidades de expresión cultural. Pronto los "otros catalanes" se identifican con el país de acogida y contribuyen decisivamente a la construcción de un futuro común.