La derrota republicana tiene consecuencias funestas para Cataluña, sólo comparables a la derrota de 1714. Una parte importante de la población catalana (la clase política, la intelectual, un gran número de cuadros sindicales, dirigentes y militantes de partidos obreros y republicanos) debe emprender el camino del exilio. En el interior, el ejército franquista de ocupación y los dirigentes del "Nuevo Estado" aplican criterios de represalia. La represión es durísima. Todos los símbolos de catalanidad son perseguidos, mientras se impone una nueva simbología de carácter fascista e imperial. Solo la firme voluntad de la mayoría de la población catalana y la resistencia temeraria de una minoría impiden que el franquismo logre su objetivo de exclusión.