Desde 1840 Cataluña ha iniciado el tránsito irreversible hacia una sociedad plenamente industrial y moderna. El país conoce, en un proceso lento pero sin interrupción, los progresos, los problemas y conflictos derivados de una sociedad capitalista e industrial. La aparición de una nueva burguesía y la proliferación de nuevas industrias tiene como contrapartida la formación y expansión de una nueva clase obrera industrial cada vez más numerosa. A finales del siglo XIX, casi el 30% de la población activa trabaja en el sector secundario. Las migraciones interiores, del campo hacia las ciudades industriales, son constantes. El trasvase campo-ciudad provoca problemas de adaptación que se traducen en cambios de mentalidad. Las mujeres se incorporan masivamente a las redes de producción industrial, con la consiguiente modificación de las estructuras sociales y familiares.