Durante el siglo XIX, Cataluña conoce las transformaciones económicas y sociales derivadas de la industrialización: el paso de las manufacturas tradicionales a la industria moderna. Después del empuje del siglo XVIII, el proceso de industrialización es lento y progresivo hasta 1840; después de la Primera Guerra Carlista, el crecimiento es espectacular. Organizado a través del sector textil, el tejido industrial catalán configura una geografía centrada en las localidades manufactureras tradicionales, como Barcelona, Terrassa o Sabadell, que utilizan el vapor, y en las cuencas fluviales, donde se utiliza la energía hidráulica.