La agricultura es el eje de la prosperidad económica del siglo XVIII. El aumento demográfico dilata la explotación agraria y los cultivos conquistan colinas y montañas, mediante márgenes y bancales y marismas desecadas. Mejoras como el uso de nuevas herramientas y de la mula y la estabulación del ganado rentabilizan la producción agraria de las comarcas litorales, que ya no se orienta al autocosumo sino a la venta. La viña se convierte en el cultivo más importante y los vinos y aguardientes se destinan a la exportación.