El aumento de la producción agraria y el desarrollo de los intercambios comerciales impulsan el crecimiento demográfico y económico del Principado. Las ciudades, centros manufactureros y comerciales, muestran un gran dinamismo y pugnan por conseguir o aumentar sus niveles de autogobierno. Los monarcas, por su parte, protegen las ciudades para conseguir un apoyo firme ante una nobleza de fidelidades inciertas.
El crecimiento urbano es vertiginoso, construcciones públicas, religiosas y privadas dan muestra de ello. Una nueva estética fundamentalmente urbana, el gótico, se impone por doquier. Nuevas y espectaculares iglesias, catedrales, lonjas y palacios se construyen en Barcelona, Mallorca, Perpiñán y Valencia. Son el símbolo de una expansión que, impulsada por las ciudades, triunfa por todo el Mediterráneo.