A comienzos del primer milenio a.C., pueblos navegantes del Mediterráneo oriental frecuentan las costas catalanas. A partir del siglo VI a.C. se multiplican los contactos. Los visitantes llegados de las polis griegas y las ciudades fenicias, llevan a cabo intercambios comerciales.
Estos contactos estimulan el desarrollo económico y tecnológico de la población autóctona. Los cambios materiales y culturales contribuyen a la formación de la cultura ibérica.
Nuestras tierras constituyen, para los pueblos colonizadores, el oeste lejano, prácticamente el límite de su mundo.